Las ciberviolencias machistas no siempre se esconden: a veces acumulan miles de likes
La semana pasada tuve la oportunidad de facilitar RuralFem Lab en Galicia, dentro del proyecto HACKFEM LAB impulsado por Colaboratorias.
Durante el taller trabajamos sobre una idea que, cuanto más profundizo en ella, más relevante me parece:
Las ciberviolencias machistas no siempre se esconden. A veces acumulan miles de likes.

Cuando pensamos en violencia digital solemos imaginar situaciones evidentes: amenazas, insultos, acoso o difusión de contenido sin consentimiento.
Sin embargo, muchas de las dinámicas que sostienen las violencias machistas en internet son mucho más sutiles.
Se presentan como humor.
Como consejos sobre relaciones.
Como tendencias virales.
Como comentarios aparentemente inofensivos.
Como discursos que se repiten una y otra vez hasta convertirse en sentido común.
El algoritmo también educa
Gran parte de lo que aprendemos sobre las relaciones, el deseo, el cuerpo o la igualdad ya no procede únicamente de espacios educativos formales.
Aprendemos también a través de redes sociales, plataformas digitales y algoritmos que seleccionan constantemente qué contenidos vemos y cuáles quedan fuera de nuestro alcance.
Reels.
Memes.
Vídeos cortos.
Comentarios virales.
Mensajes compartidos miles de veces.
Todo ello configura una parte importante de nuestro imaginario colectivo.
Por eso resulta tan importante desarrollar una mirada crítica hacia los contenidos digitales que consumimos cada día.
No porque internet sea inherentemente peligroso.
Sino porque los discursos que circulan en él tienen capacidad para influir en nuestras creencias, nuestras relaciones y nuestra forma de entender el mundo.
¿Qué ocurre cuando sacamos internet de la pantalla?

Una de las premisas metodológicas del taller fue sencilla:
No empezar hablando de violencia.
Empezar hablando de internet.
De nuestras prácticas cotidianas.
De los contenidos que consumimos.
De los mensajes que compartimos.
De las ideas que repetimos sin detenernos a analizarlas.
Y después hicimos algo que transformó la conversación:
Sacamos internet de la pantalla.
Llevamos al espacio mensajes inspirados en contenidos reales que circulan diariamente por redes sociales, comentarios, publicaciones y conversaciones digitales.
Los leímos.
Los analizamos.
Los debatimos.
Y entonces comenzaron a aparecer patrones.
Discursos de la manosfera.
Control disfrazado de amor.
Misoginia presentada como humor.
Narrativas antifeministas convertidas en aparente sentido común.
Aquello que parecía anecdótico empezó a revelar estructuras mucho más profundas.
La importancia de crear espacios de reflexión colectiva
Uno de los principales aprendizajes del taller fue comprobar cómo muchas experiencias cambian cuando dejan de analizarse de forma individual y pasan a abordarse colectivamente.
Lo que una persona interpreta como una experiencia aislada puede formar parte de una dinámica social más amplia.
Nombrar estas dinámicas es importante.
Pero también lo es generar espacios donde podamos analizarlas críticamente, compartir experiencias y construir respuestas.
Porque las ciberviolencias machistas no solo afectan a quienes las sufren directamente.
También contribuyen a configurar los límites de participación, expresión y seguridad de mujeres y niñas en los espacios digitales.
Frente a las ciberviolencias: pensamiento crítico, comunidad y agencia
Las ciberviolencias buscan, con frecuencia, aislar, reducir y silenciar.
Por eso las respuestas no pueden limitarse únicamente a la protección individual.
Necesitamos fortalecer el pensamiento crítico.
Construir redes de apoyo.
Generar espacios seguros para el debate.
Y promover una alfabetización digital que incorpore la perspectiva de género.
Porque si estos discursos se aprenden, también pueden desaprenderse.
Y porque la construcción de espacios digitales más igualitarios requiere algo más que tecnología: requiere comunidad, reflexión crítica y compromiso colectivo.